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lunes, marzo 07, 2011

Capítulo 80

IMPORTANTE: Necesito que leais la siguiente entrada a esta pues hago una serie de aclaraciones respecto al blog. Un beso

¿Qué hacía tumbado en aquel paraje oscuro? No recordaba haber llegado hasta allí. Era un lugar desértico, perdido en la nada. Levanté mi cabeza, lo que provocó una punzada de dolor de alguna parte de mi cerebro. Descansé unos segundos y volví a intentarlo, todo me daba vueltas. Recorrí con una rápida mirada todo aquello que me rodeaba. Ni rastro de civilización a mi alrededor, ni edificios, ni el murmullo de coches, nada.
Estaba tirado en la arena de algún lugar que no reconocía y en mi interior una punzada de ansiedad me decía que me estaba dejando algo olvidado en el fondo de mi ser. Pero no conseguía comprender qué era aquello.
Lo último que recordaba era esperar en la calle, a algo o… a alguien.
Me arrastré un poco por aquella arena fina y una arcada convulsionó mi estómago. ¿Qué me estaba pasando? Tuve que controlar la sensación de vómito. Hacía siglos que no tenía esa sensación.
“Venga Sam” me animé “Levanta de una vez” Con una gran fuerza de voluntad logré quedarme a gatas, pero todo aquel paisaje me daba vueltas y algo húmedo resbalaba por mi cuello. Una gota se estampó de mala manera en la arena y me preocupé al ver aquella tonalidad entre negro y rojo enfermiza. Haciendo un esfuerzo inhumano elevé una de mis manos a mi nuca donde me encontré con un líquido pringoso. Tuve un mal presentimiento que se vio confirmado cuando visualicé mi mano empapada en sangre. ¡Joder! No era capaz de recordar si quiera la última vez que había visto mi sangre, la mía.
Y me asusté, igual que un niño que teme que en su armario estuviese el peor de los monstruos. Para mi aquel monstruo era la muerte, aquella que había podido experimentar ya dos veces. Primero como humano y después como ángel.
Ahora entendía los vahídos que sufría, así como la sensación de debilidad, pues mi cabeza no paraba de chorrear sangre.
A lo mejor exageraba un poco, pues ni siquiera sentía el dolor de la herida en mi carne, pero la impresión que daba el verme herido…
Cuando fui capaz de controlar la sensación de mareo que precedía al vómito, me incorporé y me puse de pie. Me quité la sudadera para poder hacer presión sobre la herida. Que no me doliese no indicaba que no fuese capaz de matarme.
Suspiré. Ahí estaba de nuevo esa sensación, la que me obligaba a pensar si se me olvidaba algo. Me devané los sesos tratando de encontrar qué era lo que faltaba, qué había estado esperando.

- Sam. – apenas un susurro, una voz teñida de llanto y agonía. Di una vuelta rápidamente tratando de encontrar la procedencia de esa voz. Graso error, pues el mundo me dio vueltas y acabé de nuevo en el suelo.

Con un gran esfuerzo conseguí volver a levantarme. Inspeccioné el terreno intentando orientarme de alguna forma, pero fue imposible. Así que opté por la opción más fácil, y quizás también la más estúpida: comencé a caminar a la deriva.
Poco a poco comencé a sentirme mejor, la sensación de que mis tripas eran de fuego se apaciguó y empecé a pensar con más claridad.
Comencé a indagar en lo que me había pasado para haber acabado en ese desierto.
Estaba con las chicas… Algo pasó, no recordaba exactamente qué fue, pero provocó que las chicas se angustiasen y se agobiasen… Yo mantenía la calma… Hasta que… Hasta que me llamaron… Otra pequeña laguna.
Salí de la casa para esperar en la esquina, como ya he argumentado, a algo o a alguien. No conseguía descifrar aquello. Y entonces apareció ella. Con su cabello rubio ondeando en la niebla y la nieve que caía, parecía un espectro. Lentamente se acercó hacia mí, mientras susurraba palabras de cariño, solo que saliendo de su boca se me antojaban como el veneno que se acumula en los colmillos de una serpiente antes de atacar.
Apoyó una de sus manos en mi brazo y entonces no hubo otra cosa en el mundo que sus ojos, de un azul acerado, me perdí en ellos. Y su boca, enseguida tuve que aprisionar sus labios con los míos. Un gemido gutural, casi animal se escapó de mi pecho mientras nuestras lenguas se entrecruzaban en un baile de sensaciones.
Tuve que hacer un gran uso de mi fuerza de voluntad para no destrozarle la ropa allí mismo. Y entonces paré. Algo se me olvidaba, tenía que hacer algo.
Ella me sujetó la cara de forma que me obligó a volver a mantener el contacto visual y físico y fue entonces cuando noté el golpe en la cabeza y todo se volvió negro.
Katherin. Había sido ella quien me había llevado a aquel paraje. Pero no entendía cómo había llegado a pasar aquello entre nosotros. Ahora me repugnaba solo el pensar que había vuelto a besarla y desearla de aquella manera. Me daba pena, pues sería peor para ella en un futuro.
Hacía frío, podía sentirlo. Hacía el frío suficiente como para matar a un humano, pero yo no era humano y podía soportarlo.

- Sam… Sam… Sam… ¡SAM! – un llanto desconsolado prosiguió a esas palabras, no identificaba la voz pero provocaba una profunda tristeza en el fondo de mi ser al escucharla de esa forma. Empecé a pensar que me estaba volviendo loco.

Me quedé petrificado por un momento mirando a mis lados con la intención de encontrar a la mujer que me llamaba que se estaba desgarrando la garganta al pronunciar mi nombre.
Nada. No había nadie allí.
Caminé durante lo que a mi se me antojaron horas, y así debía de ser pues cuando me quise dar cuenta estaba amaneciendo. La tenue luz del sol me reconfortó de una forma que me pareció incluso estúpida.
Siempre me había encantado ese halo de divinidad que aquella esfera contenía, me quedé embobado mirándolo hasta que se grabó en mi retina. A pesar de que me dolían las piernas seguí caminando. Por suerte podría aguantar varios días sin comer ni beber, pero las chicas no podrían sobrevivir más de una semana sin mi. Ni si quiera sabía como lo había conseguido Katherin. Volví a pensar en lo ocurrido, regañándome por lo que había hecho otra vez.

- Por favor, ayúdame. – Ahí estaba de nuevo. La voz. – Sam… Te quiero.

Esta vez pude distinguir que no provenía de otro sitio más que de mi cabeza. La voz se esparcía por todo mi cuerpo. Por toda mi alma. Alma…
¡Alma!
Ella era quien me llamaba, quien desesperada gritaba mi nombre. Se moría, ahora podía notarlo con claridad. El dolor, el llanto, la desesperación y aquella horrible angustia que me llenaba por dentro y a la vez me destrozaba.
Tenía que encontrarla. A lo lejos visualicé lo que podía ser la sombra de un viejo poblado. Y corrí, corrí como nunca lo había hecho en la vida, desesperado por alcanzar aquella muestra de civilización. Tenía que encontrar la manera de escapar de allí e ir a por ella, y salvarla, salvarla de lo que se podría convertir en su muerte y mi propia perdición.

Aclaraciones

Buenas!!

A ver a continuación voy a aclarar algunas reformillas que voy a hacer:

1- He decidido subir el capítulo 80 por petición de mis niñas predilectas: Nere, Miri y Andrea.

2- He pensado que es un lío tener dos historias en el mismo blog, así que eliminaré tanto el relato del concurso como la primera y segunda parte del Capítulo uno de la nueva historia y las pondré en otro blog http://nadja-deborah.blogspot.com Aún no lo he creado pero esa será la dirección para quien le interese leerla.

3- Esto es solo una hipótesis pero creo que voy a cambiar de opinión respecto a publicar el libro. Porque esto podría tardar incluso años. Así que voy a realizar por mi propia cuenta algunas copias de lo que sería el libro completo. Tengo que mirarlo bien, pero en principio costará 10 euros el ejemplar e incluso si queréis hasta con dedicatoria. Para la gente que sea de las afueraas de Madrid y también lo quiera que me contacte en el e-mail de roa.j-93@hotmail.com

Bueno creo que no me dejo nada. Un beso!!

lunes, febrero 21, 2011

Capítulo 79




Petrificada. Era la palabra perfecta para describir la forma en la que me había quedado, no podía moverme, me era imposible. Estaba totalmente quieta frente a la puerta de mi casa, me sentía como una extraña allí, como si aquel ya no fuese mi lugar, como si ya no fuese bienvenida. Me sentía fatal. Exhalé mi aliento y pude comprobar como se representaba en una pequeña voluta de vaho en medio de la noche.
Me sentía extraña y fuera de lugar. Sabía que en cualquier momento podría salir mi tía a buscarme, o al menos eso quería creer. Rodeé mi casa en busca de la pequeña mochila en la que llevaba todas mis pertenencias necesarias para pasar unos días en casa de Sam.
Cuando la estaba colgando de mi hombro vi como se encendió la luz de mi cuarto y tuve que agacharme rápidamente para evitar ser vista por mi tía.
Vi como avanzaba por mi cuarto y cogía uno de mis peluches de la estantería y lo estrechaba contra su pecho, parecía que echaba de menos aquel momento en el que era imposible no verme con aquel peluche en mis manos y a todas horas.
La espiaba discretamente desde la ventana cuando vi cómo dejaba caer el peluche y lanzaba sus manos a la cara. Sus hombros comenzaron a temblar y tuve la certeza de que lloraba desconsoladamente. No sabía cuánto la había dañado hasta que contemplé esa imagen, no sabía si algún día podría enmendar aquel gravísimo error.
Suspiré de forma nerviosa mientras volvía a colocar la mochila sobre mi hombro pues se me había resbalado por el brazo. Me pasé la mano por la cara y por el cuello tratando calmar mi ansiedad creciente por momentos.
Si me concentraba podía llegar a escuchar los sollozos histéricos de mi tía al rememorar lo que acababa de pasar hacía unos pocos minutos. No debería haberlo hecho, eso era lo que repetía constantemente en mi cabeza, martirizándome, castigándome…
Caminaba por el jardín dando tumbos con la mochila que constantemente se resbalaba de mi hombro, me sentía mala persona por haber hecho aquello. Más adelante sabría que mi tía no estaba así sólo por lo que yo le había hecho pasar, pero en aquellos momentos no se me ocurrían más cosas que pensar.
Llegué a la acera inundada por una absorbente oscuridad puesto que la farola que iluminaba mi calle se había fundido. En otro momento aquello me habría puesto nerviosa y me hubiese acusado por la simple tenuidad de la calle.
Caminaba hacia la casa de Sam con un paso desesperantemente lento, por lo que no me di cuenta de que había alguien delante de mi, cortándome el paso, hasta que me choqué contra él.

- Lo siento. – desorientada levanté la mirada hacia la persona con la que me había chocado, con un ligero atisbo de esperanza al pensar que podría tratarse de Sam, pero no. - ¿Q-qué haces aquí? – le pregunté sorprendida a Héctor, quien había colocado sus manos a ambos lados de mi cuerpo.

- Daba una vuelta.

El tono de su voz se me antojó escalofriante y sumamente extraño, pues no hablaba de esa forma normalmente, o no había querido hacerlo.

- Ah… ¿Y por qué das una vuelta por aquí?

- Quería verte. – sus respuestas escuetas me resultaban aún más amenazadoras que su tono.

- Hum… eh… pues ya me has visto. – no sabía qué podría decir para quitármelo de encima. – Así que si no te importa, yo me tengo que ir, me están esperando. – me zafé de su agarre y le rodeé.

Me cogió del brazo con fuerza, demasiada fuerza, lo que provocó que además de pararme en seco soltara un pequeño gemido producido por el dolor.

- Creo que no te esperan en ninguna parte Alma. – la forma en la que pronunció mi nombre no me gustó ni un pelo, era como si saborease cada letra, como si de alguna manera pudiera verme por dentro con solo pronunciarlo.

- Ya, pero es que Sam me está esperando y si no te importa, yo me pienso ir. – remarqué el “yo” dándole a entender que no me siguiera.

Pegué un tirón y él me dejó soltarme, sabía que si no hubiese querido yo no habría podido irme. Pero en cuanto di unos cuantos pasos supe que me seguía.

- Por favor, Héctor, ¿Por qué no vuelves por la mañana y me dices lo que quieras decirme o vienes de nuevo para lo que hayas venido esta noche? – mi voz se volvió más aguda pues estaba asustada, no conocía a aquel chico de nada y realmente me daba miedo.

Esperaba con todas mis fuerzas que Sam pudiese sentir todo lo que me estaba haciendo pasar Héctor, si Sam estaba en su casa ya debería haberlo notado y no tardaría en ir a buscarme y salvarme de aquel extraño.

- ¿Sabes qué es lo que pasa? – me dijo mientras se acercaba a mi provocando que inconscientemente retrocediera un par de pasos. – Tu querido angelito no va a venir a salvarte esta vez.

Mis ojos se abrieron de golpe debido a la sorpresa que aquellas palabras provocaron en mi. ¿El sabía lo de Sam? Estaba completamente confusa, así que opté por hacerme la tonta.

- ¿El qué? –mi tono inocente no era muy creíble ya que no era buena mentirosa cuando estaba bajo presión.

- No te hagas la tonta monada, que conmigo no funciona. Sé quién es Sam así como lo que es y sí, también sé lo que eres tú, bonita. – torció su boca hasta formar un pequeño mohín. - ¡Pero no te pongas así! Eso es algo bueno, nos quita mucho trabajo de encima para obligarte a hablar.

- No sé a qué te refieres Héctor, estoy completamente perdida. - ¡Mierda! Mi rostro me traicionaba junto con el movimiento de mi cuerpo, pues no se adaptaba para nada a mis palabaras.

- Pues nada, hazte la tonta. – se acercó más hacia mi y yo nerviosa y apresurada por retroceder y alejarme de su persona tropecé con una de las farolas, viéndome acorralada.

Levantó una mano mientras una mirada lasciva cruzaba sus ojos, le gustaba verme en aquella situación. Indefensa y asustada. Tragué saliva intentando deshacerme de aquel nudo que se había formado en mi garganta.

- Por favor. – ya no me quedaba otra opción que no fuera suplicar. Sabía que Sam no llegaría a tiempo.

Un coche al final de la calle arrancó y tras encender sus luces se acercó rápidamente a nosotros, aparcando justo a nuestro lado. De él salió Ana con un pañuelo negro colgando de una de sus manos. La verdad es que su presencia allí no me sorprendía, lo estaba esperando desde hacía ya rato.
Héctor tomó aquel pañuelo negro y se acercó aún más a mi.

- Agradecería que te comportases y no opusieras resistencia, sería todo mucho más fácil y no resultarías dañada.

Debido al miedo y la parálisis que este me producía, no opuse resistencia como él me decía. Pronto mi visión se tornó de color negro debido al paño que me cubría los ojos. Noté como entre los dos me hacían caminar y me metían en el coche. Lo último que noté antes de quedarme inconsciente (no supe hasta más tarde la razón de ello) fueron los labios de Héctor sobre los míos y un susurro en mi oído.

- Comienza la diversión.

domingo, febrero 13, 2011

Capítulo 78




- ¿Dónde te habías metido? – la voz estridente y enfadada de mi tía me llegó desde la cocina. Antes me habría acobardado y habría entrado allí acobardada, pero no es que estuviese de humor para seguirle el royo.

- He quedado con unos amigos – usé un tono neutro ya que sabía que le molestaría aún más. – Te dejé una nota.

- ¡Y te parece que estas son horas de volver! – vi como salía de la cocina y se apoyaba en el marco para sostenerse bien.

-  Nunca me has dicho nada por volver tarde tía. – en mi voz era palpable una cierta ironía, incluso tuve ganas de reírme delante de su cara.

- ¡Es la una de la madrugada!

- Sí lo sé. – la pasé de largo y seguí caminando hacia mi habitación, sabía que me seguiría. Así me sería más fácil ir luego a casa de Sam, utilizando mi enfado como excusa.

- ¿Qué te ha pasado? – dijo más enfadada que preocupada mientras señalaba mi ropa mojada.

Dejé caer el abrigo encima de la cama ya que mi tía tenía la calefacción altísima y me estaba asando. Tenía las manos heladas por el frío y sólo podía mover los dedos torpemente, por lo que coloqué mis manos sobre el radiador mientras meditaba sobre lo que necesitaba llevarme.

- Me he caído ¡joder! no es tan raro. – me estaba exasperando.

- Alma. – mi tía había bajado su tono de voz, lo que me daba a entender que estaba aún más enfadada que antes, seguramente por mi forma de evitarla. –Tenemos que hablar.

Me giré de golpe y avancé unos pasos para colocarme directamente delante de ella.

- No, lo que tú quieres no es que hablemos. Tú quieres que me siente en la cama y agache la cabeza admitiendo lo mal que me porto y lo mala que soy para ti y así tú sentirte bien pensando que me estás educando.

- Alma. – anteriormente no habría llegado a enfadarla hasta tal punto.

Me alejé de ella y cogí la mochila del instituto y saqué todo su contenido desparramándolo por la cama. Mi tía se mantenía en la puerta con los ojos cerrados tratando calmarse, pues sabía que no hablaríamos de nada si no estábamos las dos tranquilas. Pero yo no iba a dar mi brazo a torcer. No pensaba quedarme en aquella casa con ella durante al menos unos días. Puede que a lo mejor fuese un berrinche mío, pero en ese momento me pareció lo más correcto que podía hacer.

- ¿Has cenado? – me preguntó aunque su tono no era para nada amable. Si no fuese mi tía y si no la conociese, me daría por pensar que lo que quería era envenenarme.

- Sí, no te preocupes. Me he comprado mi cena.

Se apartó un momento del marco, asombrada por la dureza de mis palabras y fue cuando yo aproveché para cerrar la puerta y echar el pestillo. Una vez hice eso suspiré y eché las manos a mi cabeza. Odiaba tratarla así, pero era necesario. No paraba de repetirme eso porque de esa manera no me sentía tan mal. Una ligera amenaza de llanto se agolpó en mi garganta negándome la respiración por unos segundos. Suspiré de nuevo y me centré en lo que tenía que hacer. Era sencillo.

- ¡Alma, abre la maldita puerta! – mi tía gritaba desde el otro lado, pero si la dejaba entrar no me permitiría recoger las cosas que me llevaría a casa de Sam.

Cogí una bolsa de viaje para meter mi ropa y alguna que otra cosa que podría necesitar estando allí, aunque si se me olvidaba algo podría volver en algún momento en el que mi tía no estuviese. Tenía pensado llamarla al mediodía del día siguiente para decirle que me quedaba más tiempo en casa de Sam, sabía que no me dejaría si no había ninguna razón. Así que a eso me dedicaba, a crear una razón para poder escapar de la casa unos días. Total, mi tía estaba ya casi recuperada y si le pasaba algo grave llamaría a Su para que la curase. Lo tenía todo controlado.

- Por favor, abre la puerta. – el enfado en la voz en mi tía estaba siendo sustituido por un ligero sonido de ahogo, es decir que no le faltaba mucho para llorar y aunque me doliese hacerlo necesitaba provocar que se sintiese herida, que no quisiera verme durante un tiempo.

En cuanto tuve todo listo me senté en la cama intentando armarme de valor para lo que debía hacer, no quería. Me iba a doler más a mi que a ella. Abrí la ventana y saqué la bolsa con mis cosas. Mi tía no debería saber que planeaba quedarme más tiempo que una noche.
Respiré hondo varias veces mientras escuchaba los golpes de mi tía en la puerta, no era capaz…
Me di cuenta de que aún llevaba los pantalones empapados por la nieve, me los quité rápidamente y me puse a buscar por mi armario otros pantalones que me sirviesen en ese momento. Me demoraba adrede, pues no quería salir, no quería hacerle daño a Julia, no quería, pero tenía que hacerlo.
Me puse unos de chándal y tras coger la mochila con el pijama y mis cosas personales así como el móvil, el tabaco y las llaves de casa.
Abrí el pestillo de la puerta y en seguida mi tía empujó para abrir, tuve que dar un salto rápido hacia atrás para que no me diese en toda la cara. Mi tía parecía confusa.

- ¿Qué haces? – en un intento de conservar su autoridad se irguió mostrando lo alta que era, solo que en los últimos meses yo había crecido bastante y la había pasado ya de estatura.

- He recogido mis cosas, me voy. – mi tono neutro me ayudó a soportar las lágrimas que sentía que de un momento a otro caerían, sólo que tenía que aplazarlo un poco más.

- ¿A dónde? – mi tía parecía perpleja.

- A casa de Sam. – empecé a caminar por el pasillo, mi tía me seguía lo más rápido que podía.

-¿Por qué te vas, Alma? – mi tía comenzó a sollozar lentamente, todo su enfado había desaparecido de golpe, se había evaporado.

- ¡Joder! ¡Eres gilipollas o qué! – “tengo que hacerlo, tengo que hacerlo” eso me repetía constantemente, pero ya estaba llorando, me odiaba por hacerle aquello. – No quiero verte por eso me piro.

- Alma. – ahí estaban las lágrimas caían y le empapaban la cara al igual que hacían las mías, estaba destrozada. La había destrozado y no sabía si iba a poder perdonarme por haber hecho eso.

Me di la vuelta y antes de que ella pudiese agregar nada o acercarse a mi lo suficiente como para tocarme, salí a la calle y cerré de un portazo.

sábado, febrero 05, 2011

Capítulo 77




El autobús se detuvo por fin en la parada que me correspondía, rápidamente y con las piernas temblándome me puse en marcha y bajé la escalerilla. Una vez estuve en la acera, sentí como la puerta se cerraba a mis espaldas y el conductor aceleraba y me abandonaba en aquella solitaria calle, oscura y completamente nevada.
Sam no estaba.
Recorrí la calle al completo con la mirada al menos cuatro veces, nadie. Ninguna silueta, estaba sola. Las piernas me flaquearon y tuve que sostenerme a la parada del autobús. Me metí dentro de la marquesina y me senté en el banco de metal. Me quedé allí al menos quince minutos, por si acaso había llegado antes de tiempo.
Una corriente de aire repentina provocó que mi pelo se elevase y que mi ropa se abombase, pero no solo eso, volví a sentir lo mismo que había sentido en la parada del Heron City y el vello de mi nuca volvió a erizarse. Me encogí sobre mi misma un poco y volví a mirar por toda la calle. Nada. Sollocé ligeramente mientras sacaba el móvil.
Marqué con las manos heladas el número de móvil de Sam, pero no me sirvió para nada pues comunicaba. Volví a sollozar y un par de lágrimas solitarias descendieron de mis párpados.
Me levanté del asiento y tras armarme de valor comencé a caminar con cuidado hacia mi casa, tenía los ojos humedecidos tanto por el frío como por aquella estúpida llorera que me había dado.
Pasé por delante de la casa de Sam, las luces estaban encendidas así que había gente en la casa, me detuve en la puerta mientras sopesaba si debía entrar o no. Finalmente ganó mi orgullo y con paso rápido continué bajando la calle hacia mi casa. Algo me hizo detenerme, de nuevo aquella brisa. Me giré rápidamente con el corazón palpitándome rápidamente. Sentí que aquel viento me rodeaba, me di la vuelta de nuevo y la tenía delante a Katherin con su frente pegada a la mía, podía sentir su aliento en mi cara, las cosquillas que su larga melena rubia, mecida por el viento, me hacía en los hombros. Sus ojos acerados a pocos milímetros de los míos desprendían halos de odio y desprecio hacia mí.
Tragué para deshacer el nudo que se me había formado en la garganta. Noté algo duro a la altura del estómago y bajé la mirada para descubrir qué era aquello.
Respiré forzosamente al ver qué era, un cuchillo, uno igual que aquel con el que me apuñaló hacía unos meses. El metálico sabor del miedo me invadió por todo el cuerpo. Ella se dedicaba a jugar mientras recorría mi vientre con el cuchillo, subía y bajaba. Cuando la miré pude descubrir que su boca se estiraba en una sonrisa. Entonces lo sentí y un leve grito de dolor se escapó de mis labios.
El dolor era aún peor que el que había sentido la otra vez, o eso me parecía a mí. Mi cuerpo se estremeció cuando ella hundió aún más el cuchillo, muy lentamente. Se estaba divirtiendo mientras me veía retorcerme de dolor. Con las fuerzas que me quedaban la empujé y la aparté de mí, haciendo que sacase el cuchillo clavado a la altura de mi estómago, pero con el impulso me caí al suelo yo también.
La nieve me empapaba la espalda y aplacaba un poco la quemazón que sentía en mi tripa, notaba como la sangre se deslizaba por mis costados y la sensación lacerante me invadía por completo.
Lloraba continuamente, casi me ahogaba con mis propios sollozos. Me ardía el estómago y esta vez no tenía nadie que pudiese ayudarme, nadie que me diese esperanzas.
Sabía que no podría aguantar mucho más tiempo consciente ya que me sentía mareada y todo me daba vueltas mientras mi visión poco a poco se iba oscureciendo.
Respiraba con muchísima dificultad, los pulmones me quemaban de una forma horrible. Tosí con la intención de dejar de notar aquel sabor metálico del miedo, pero era algo imposible porque aquella sensación me invadía por completo mientras mi cuerpo se estremecía constantemente, lloré con más fuerza aún.
No podía más, me dolía demasiado.
Con un esfuerzo coloqué una de mis manos en aquella herida tan profunda y al elevarla me sorprendí de no encontrarla bañada en sangre, no lo entendía.

- ¿Estás bien? – una voz femenina apareció de golpe. - ¿Necesitas ayuda?

La mujer se colocó en mi campo de visión, iba con una niña pequeña que se agarraba a su mano. Ambas me miraban fijamente, la pequeña con una expresión asustada en su rostro.
La mujer me tendió su mano y agachándose un poco tomó la mía, para ayudar a levantarme.
Estaba perpleja hacía un momento ni siquiera podía respirar y ahora estaba de pie, perfectamente. Me dolía la espalda del golpe que me había dado al caer, pero nada más. Miré mi estómago, la camiseta estaba intacta, ni resto de ningún corte, ni ninguna herida, nada.
Anonadada miré a mi alrededor, ni rastro de Katherin, ni su melena rubia, ni sus ojos azules, ni su silueta. Nada.

- Te vimos desde lejos caerte al suelo y vine tan rápido como pude para ayudarte. – me informó.

- Pero… - no pude encontrar ninguna palabra más adecuada en aquel momento.

- ¿Estás bien? – la mujer volvió a preguntarme. – Tienes mala cara ¿has bebido o algo?

- ¡No! – exclamé, ¿Pero qué se había creído? – Solo… solo… - intentaba encontrar alguna cosa que explicara por qué estaba tirada en el suelo. – Solo, me he mareado.

Me pasé una mano por la cara para quitar el sudor y la nieve que se habían apelmazado en ella. Inspiré varias veces hasta que conseguí orientarme.

- ¿Quieres que te acompañemos a tu casa? – me preguntó cortésmente, aunque se la veía cansada y sin muchas ganas de andar.
 

- No se preocupe, estoy bien, además vivo aquí al lado. - le contesté también educadamente.

- No seas tonta, si estás mareada no puedes ir sola por la calle, y menos a estas horas. – miré mi reloj cuando dijo aquello. Era la una menos cuarto de la madrugada. ¿En qué había perdido tanto el tiempo?

- De acuerdo.

Comenzamos a caminar, yo con paso vacilante y ellas siguiendo mi ritmo.

- ¿Cómo te llamas? – me preguntó la mujer al cabo de un rato.

- Alma. – le contesté. - ¿y vosotras?

- Yo soy Sara y mi hija se llama Laura.

Le sonreí a la niña pequeña. Ya me sentía mucho mejor, aquella mujer era un cielo.

- ¿Vivís por aquí cerca? – les pregunté cuando ya estábamos llegando a mi casa.

- Sí, en la última casa de esta calle, nos hemos mudado hace dos semanas.

- Bueno yo vivo aquí mismo. De verdad, muchísimas gracias Sara.

- No te preocupes, ya me devolverás el favor algún otro día. – sonreía abiertamente.

- Si algún día necesitas una niñera ya sabes dónde encontrarme.  Nos vemos. – me despedí de ella y entré en mi casa.

jueves, enero 20, 2011

Capítulo 76




Por si la nieve no hubiese sido suficiente impedimento para la vuelta a casa, para el momento en el que el autobús aparece, comienza a levantarse una pequeña neblina que no auguraba nada bueno.
Antes de subir al autobús sentí una pequeña brisa de aire frío que me erizó el vello de la nuca, provocando que me girase de golpe, con un pie apoyado en el primer escalón de la escalera inspeccioné mi alrededor intranquila. No había nadie cerca de la parada y el interior del autobús estaba casi vacío.

-¿Vas a subir o tengo que esperar toda la noche a que te decidas? – me pregunta el conductor haciendo muestra de su “gran amabilidad”.

Entré en el vehículo sin hacerle esperar y pagué mi billete, después me senté en el asiento que se encontraba justo detrás suyo, de tal forma que no pudiese mirarme por el espejo retrovisor. Busqué en el bolso el mp3 pero lo confundí con el móvil así que ya que lo tenía en la mano decidí aprovechar para llamar a Sam y avisarle de que iba en camino. Marqué su número con las manos temblorosas y pulsé el botón de llamada. No entendía por qué estaba asustada, estaba paranoica después de aquella llamada de Su para avisarme. ¿Por qué no podía haber ido Sam a buscarme sin más?
No contestaba. Cuatro tonos, él no tardaba más de cuatro tonos en responder y mucho menos a mí. Seis tonos, comenzaba a preocuparme. Siete tonos.

-¿Si? – la voz de una de las chicas provocó que me sobresaltase ligeramente.

-Eh… Hola.- No tenía ni la más remota idea de quién era. - ¿Está Sam por ahí?

-Ah. Hola Alma, soy Natalie. – seguía sin saber quién narices era, pero estaba segura de haber escuchado su voz anteriormente en la casa.

El autobús realizó una nueva parada, volví a sentir aquel soplo de viento helado, se me erizaba el vello de la piel y esta vez no era solo el de la nuca, sino también el de los brazos. ¡Qué me pasaba!

-Voy a buscarle. – dijo Natalie.

Asentí, a pesar de que ella no podía verme, y con ello me quité aquella sensación extraña. No entendía qué era lo que me pasaba… Me mordí  el labio y me removí en el asiento del autobús, intranquila.
Escuché algún susurro y después unos pasos apresurados al otro lado de la línea. Y entonces la oí, su voz y todo el nerviosismo que me había invadido anteriormente se calmó, como si el timbre de su voz fuese un relajante.

-Alma. – profesaba cariño y preocupación. - ¿Dónde estás? – me preguntó.

-En el autobús, lo acabo de coger hará unos diez minutos. Así que teniendo en cuenta la nieve y la niebla, llegaré en… media hora larga.

-Vale, te estaré esperando en la parada. – hizo una larga pausa y por un momento no necesitamos hablar nada más, yo me sentía tranquila con solo escuchar el sonido rítmico de su respiración. - ¿Cómo estás? – añadió.

-Bien, solo que… - el autobús patinó ligeramente en una curva y el móvil se me resbaló de mi mano y se cayó al suelo. - ¡Mierda!

Me agaché para tantear por el sucio suelo del autobús con la mano, necesitaba coger mi móvil. Pero no lo encontraba, el autobús volvió a hacer otro movimiento brusco y esta vez mi cabeza se golpeó con el cristal opaco que me separaba del conductor.

-¡Joder! – dije mientras alargaba la otra mano y me la ponía en la cabeza para aplacar el dolor y para hacer de casco por si volvía a darme.

Por fin encontré el móvil, me incorporé y lentamente me coloqué de nuevo el teléfono en el oído. Me aparté el pelo y dirigí mi vista hacia la ventana. Me quedé helada, pues aparte de ver mi propio reflejo, vi el de otra persona sentada a mi lado, y no cualquier persona. Una chica, una chica rubia que conocía perfectamente. Katherine. Me giré de golpe pero a mi lado no había nadie. El asiento estaba vacío. Genial, me estaba volviendo psicótica.

-¡Alma!, ¿estás ahí? – Sam sonaba inquieto.

-Sí, perdona. – intenté controlar mi respiración entrecortada. – El autobús patinó un poco y se me calló el teléfono al suelo.

-Pero ¿estás bien?

-Sí, tranquilo. – no tenía ni idea si aquello había sido una mentira o no. ¿Estaba bien? No lo sabía, de hecho hacía un momento mi mente me había jugado una muy mala pasada.

El autobús realizó una nueva parada, en ella subieron varias personas. Una pareja entró en primer lugar, seguida por una señora mayor y… Katherine. No podía ser, cerré fuertemente los párpados y para cuando los volví a abrir me percaté de que la chica no era Katherine, sino una joven que no se parecía en nada a ella. Estaba paranoica. Gemí ligeramente.

-Sam, temo estar volviéndome loca, en serio. – le dije, no tenía tiempo para tonterías, para cuando llegase a mi parada podría haberme tirado por la ventana o algo. No quería exagerar, pero claro…

-¿Por qué?

-Veo a Katherine por todas partes. – tragué saliva y me armé de valor para pronunciar las siguientes palabras en voz alta. – Tengo miedo.

-Voy a salir ya mismo para esperarte. ¿Cuánto crees que te queda?

-Unos quince minutos más. – supuse.

Escuché como se ponía en movimiento y les susurraba algo a las chicas. Pude imaginar cómo se calzaba las zapatillas y se ponía el abrigo mientras sujetaba el móvil a duras penas, intenté imaginarle en la parada esperando al autobús en el que yo viajaba.
Respiré hondo varias veces, con el latido de mi corazón rezumbando en mis oídos.

-No te preocupes, todo va a salir bien ¿vale? – me prometió.

-¿Sam?

-Dime.

-Te quiero

jueves, enero 06, 2011

Capítulo 75





Después de visitar las últimas tiendas que quedaban abiertas por la zona, me vi obligada  a seguir a aquellas cuatro personas hasta uno de los McDonald’s. No tuvieron que prestarme nada de dinero lo que les desconcertó, ya que hacía un rato yo me había quejado de los gastos. Pero claro…
La cena fue un gran respiro ya que pude dejar de prestar atención a las personas que me rodeaban, me dediqué a mirar la gente que iba a comer allí, las familias, las parejas, los grupos de amigos…  Eso consiguió hacer que me sintiese más sola y apartada.
Realmente no entendía que hacía en aquel lugar, rodeada de aquellas personas que se hacían llamar mis amigos, sentía que ya no cuadraba con ellos, pero ¿Por qué? Hasta aquel momento no me había parado a pensar en la razón de mi desagrado y mi rechazo hacia aquella quedada.
Me disculpé y salí un momento a la calle, tanto para respirar como para despejarme un momento. Saqué el móvil del bolso y lo encendí,  ya que a la hora de entrar al cine me había visto obligada a apagarlo.
Tenía dos mensajes y tres llamadas perdidas, una de mi tía, una de Sam y otra de Su. Un gesto que expresaba extrañez se aposentó en mi rostro, si Sam me había dicho que iba a estar ocupado ¿por qué me habían llamado tanto él como Su? Uno de los mensajes era de mi tía, que estaba enfadada por haberme marchado sin hacerle caso a ella, lo eliminé directamente sin haber terminado de leerlo. El otro mensaje era de Susana. 

“Vuelve ya a casa, hazme caso, no puedes quedarte ahí.”

Una sensación de frío se extendió por mi estómago, abrí mi bolso y cogí un cigarro junto con el mechero, me lo encendí y marqué el número de Sam. Después de varios toques, se cortó la llamada sin respuesta. Llamé a Su para saber qué era tan importante para que urgiese tanto mi vuelta a casa. Ella contestó casi al primer toque.

-¡Alma! ¿Dónde estás? – en su tono de voz se palpaba un ligero tono de pánico.

-En el Heron City, ya se lo dije a Sam. Estoy con Ana, Alberto y sus respectivas parejas. 

-Tienes que volver. –insistió.

-Bueno es que ahora estoy cenando, ¿Qué es lo que pasa Su? – no entendía a qué venía tanta urgencia.

-Hemos encontrado a Katherin, está aquí en Madrid.

-Vale ¿y eso qué es lo que tiene que ver conmigo Susana?  Porque estoy bastante enfadada solo con la situación que tengo aquí y no quiero preocuparme por una niña caprichosa ahora mism… - me cortó.

-¡Alma! Te está buscando, y sabe que ahora no estás con Sam, por favor, vuelve ya mismo aquí, ¿o no recuerdas qué pasó la última vez?

Lentamente alcé una mano y me acaricié la cicatriz que me recorría el estómago.

-Sí, lo recuerdo perfectamente Su, sé lo que pasó.

-Pues vuelve a casa, ya.

La llamada se cortó, supuse que ella había colgado dando por hecho que yo iba a volver ya, y eso era lo que iba a hacer, aunque no lo reconociese, estaba asustada. No quería que me clavasen nuevamente un cuchillo. Tiré el cigarro sin consumir apenas y entré rápidamente en el local, busqué a mis amigos y me acerqué a ellos.

-Lo siento chicos, me tengo que ir…

-No puedes. – Ana se puso de pie de golpe llamando la atención de algunas personas que nos rodeaban.

-Déjala, si quiere irse es cosa suya. – le contestó Héctor mirándola fijamente. - ¿Tienes cómo volver o te llevamos?

-Eh… tranquilo, está todo solucionado.

Me di la vuelta y con un paso rápido salí de aquel lugar por segunda  vez en menos de diez minutos. Noté como uno de ellos se levantaba rápidamente y me seguía. Una vez fuera maldije para mis adentros y encaré a quien me había seguido. Era Ana.

-No te vayas. – me pidió.

Puse mala cara y me dispuse a seguir caminando, ella me cogió del brazo y al mirar me pareció ver un ligero destello en su piel. Me solté de su agarre y comencé a caminar, ella me siguió.

-Alma, por favor. Llevo sin verte casi dos años, no te vayas tan pronto.

-A mí con chantaje emocional no se me gana, y lo sabes. – la miré fijamente.

-Lo sé, pero quédate, te divertirás, de verdad. – me prometió y cuando fijé la vista en sus ojos estuve a punto de creerla, me sentí tentada de quedarme, pero me habían pedido que volviese.

-Lo siento, Ana, tengo que volver, mi tía está enferma y me necesita.

-Vale, lo entiendo. – volví a emprender la marcha y apenas pude escucharla pronunciar sus últimas palabras. – Nos veremos pronto, te lo prometo.

Apresuré el paso para poder llegar a la parada y coger el autobús a tiempo, para poder llegar a la casa de Sam rápidamente.

jueves, diciembre 30, 2010

Capítulo 74



El trayecto en el autobús fue algo remotamente tranquilo. Me quedé callada durante todo el viaje, contemplando como el paisaje se movía con una velocidad vertiginosa. La lluvia que había empezado a caer antes, se transformó por el frío en pequeños copos de nieve, los cuales se arremolinaban en la entrada del vehículo cada vez que éste se paraba. Una niña pequeña que estaba sentada junto a su madre en la parte trasera del autobús comenzó a hacer ovaciones a aquellas pequeñas motitas blanquecinas, pegó la cara al cristal como si intentara que le rozasen la piel. Una pequeña sonrisa se formó en mi rostro al contemplar la escena.
Fue más o menos en aquel momento cuando llegamos a la parada del centro comercial, varias personas bajaron en aquel lugar, descongestionando el interior de autobús, de forma que al menos ya era posible respirar.
Comenzamos a caminar hacia la entrada del heron city, donde habíamos quedado con la otra pareja restante. Un suspiro de resignación se escapó de mis labios mientras Alberto y Nadia se abrazaban de una forma algo inapropiada para estar en la calle, con el pretexto de ella: “Es que hace mucho frío”.
Por suerte Ana y Héctor apenas tardaron diez minutos en aparecer, aún así yo ya estaba un poco desesperada, de forma que cuando Ana me dio un abrazo, me la llevé un poco aparte para hablar con ella.

-Bueno ¿Qué quieres? - me preguntó.

-Ya sabes qué quiero. - la miré fijamente entrecerrando los ojos. - me has tendido una emboscada.

-Pensé que contigo vendría el novio ese que te has echado. – elevó una ceja para acompañar a sus palabras. - ¡vamos! Tampoco es tan mala.

En aquel momento la voz de Nadia se escuchó con demasiada fuerza.

-¡Ay, no me sueltes, que tengo frío! - se quejaba.

Cogí aire lentamente hinchando mis pulmones y deseando que también se hinchara mi paciencia.

-Te odiaré por ello toda mi vida. – Le aseguré y con ello volvimos a donde se encontraban los demás.

Nos quedamos allí un rato, callados, dejando que la nieve fuese cuajando en el suelo, en nuestras prendas y en nuestro pelo.  Un ligero suspiró se escapó de mis labios, creando una pequeña vaharada de aire.

-Bueno, ¿alguien tiene idea de qué hacer? – dije, marcando claramente mi desagrado.

Ana me lanzó una mirada de advertencia.

-Teníamos pensado ir al cine a ver algo ¿no? – respondió Nadia en su lugar, pero apenas le hice caso ya que aún mantenía el contacto visual con mi amiga.

-No sé si me dará el dinero. – protesté, no era habitual en mí, pero mi irritación superaba a grandes rasgos a mi paciencia.

-No te preocupes, luego te llevamos nosotros en coche. – dijo Ana señalándose a sí misma y a Héctor a continuación.
Resignada comencé a caminar detrás de ambas parejas. No me habría venido mal haber entrado en alguna tienda y comprar unos candelabros con unas bonitas velas, ya que al parecer iba a ejercer la profesión de sujeta velas.
Nos acercamos lentamente a lugar donde se encontraban los cines. Comenzamos a hacer la cola, yo prefería no mirar la pantalla luminosa que indicaba las películas disponibles junto con sus horarios. Los chicos se decantaban entre dos películas de acción mientras que ellas votaban por una estúpida comedia romántica americana con un final demasiado previsible. Volví  a suspirar nuevamente, cada vez estaba más agobiada, no sabía cuánto tiempo duraría sin explotar.
Finalmente ganaron las chicas por el mero hecho de que éramos mayoría. Tuve que sacar lo mejor de mí para mostrar una sonrisa forzada y que se sintieran bien conmigo.

Me pasé dos horas enteras engullida en un asiento entre las dos parejas y ni siquiera tenía la oportunidad de distraerme con la película, ya que era horrible. Alberto y Nadia compartían mi desagrado por el visionado, solo que ellos aprovechaban el tiempo de una manera muy distinta a la mía. Por otro lado Ana y Héctor se dedicaban a mirar fijamente a la pantalla, atendiendo a la sucesión de escenas que aparecían. No podía creer que les estuviese gustando aquel bodorrio.
Cuando salimos de aquella especie de sala de tortura el suelo estaba cubierto por una fina capa de nieve que aumentaba poco a poco.

-Bueno, chicos. - dije para llamar su atención por un momento. -  yo creo que…

-¿Como que tú crees?  -Ana se me acercó y me tomó del brazo. - tú no te vas a ir todavía. -comenzamos a caminar lentamente.- Aún tenemos que dar una vuelta, hablar, y cenar después…

-¡Vale, vale, lo capto! – me separé de ella. – No me dejas huir aún.

Durante la siguiente hora  entera nos dedicamos a pasear por todo el centro comercial, la mueca de aburrimiento y desesperación que anteriormente yo había intentado mantener ocultada, en aquel momento parecía cincelada en mi rostro.
En cierto momento mientras las chicas cotilleaban las cosas de una tienda de complementos yo me senté en un banco cercano. Lo sorprendente fue que Héctor se acercó y se sentó a mi lado, demasiado cerca para mi gusto, teniendo en cuenta que no me gustaba mucho el contacto físico.

-¿Te aburres? – me preguntó en un vago intento por entablar conversación.

-Pues la verdad es que sí. – Torcí un poco el gesto y añadí.- No es por haceros el feo pero creo que yo me voy a ir ya.  No es que me lo esté pasando muy bien y no sé si me da el dinero para cenar la verdad.  Y como siga nevando no voy a poder volver en el autobús.

-No te preocupes por eso, Alma.  Nosotros te llevamos en coche y estoy seguro de que si te falta algo de dinero podremos reunir un poco para darte lo que te falta.

Las chicas salieron de la tienda  junto con Alberto que tenía una cara bastante parecida a la mía en aquellos momentos. Cerré los ojos y suspiré nuevamente exasperada. En aquel momento ya no solo me aburría sino que también me dolía la cabeza a horrores y la sonrisa que Héctor profesaba mientras miraba a Ana incrementaba el dolor. Necesitaba irme a casa. No podía más.